"Ver el mundo en un grano de arena
y el cielo en una flor silvestre
sostener el infinito en la palma de la mano
y la eternidad en una hora"

William Blake



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martes, 18 de mayo de 2010

• Rima VII

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay! -pensé-; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: «¡Levántate y anda!».


Gustavo Adolfo Bécquer
(España, 1836-1870)


• La ejecución


En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.
—¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado —se preguntaban unos a otros los discípulos— para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.
—Supongo que será un hereje —dijo el maestro con tristeza.
Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.
—Es un hereje —decía la gente muy indignada—. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!
Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:
—¿Cómo lo adivinaste, maestro?
Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:
—No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.


Hermann Karl Hesse
(Alemania, 1877-1962)

• Rima VI

Como la brisa que la sangre orea
sobre el oscuro campo de batalla,
cargada de perfumes y armonías
en el silencio de la noche vaga,

Símbolo del dolor y la ternura,
del bardo inglés en el horrible drama,
la dulce Ofelia, la razón perdida,
cogiendo flores y cantando pasa.


Gustavo Adolfo Bécquer
(España, 1836-1870)

• Amargura para tres sonámbulos


Ahora la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho tiempo antes de que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo: “No volveré a sonreír”.
Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
Sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocer­se de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. En­tonces sonrió, volvió a mirarnos, que había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento se­pulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. Nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausen­cia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la me­jilla apretada al piso de cemento.
Sabíamos, sin embargo, que no podía re­cordar ninguna oración, como supimos des­pués que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba com­pletamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos, sentados en el pa­tio, que no volvería a sonreír. Quizá nos do­lió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caí­dos, sin detenerse, sin fatigarse nunca. De no­che oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la ca­ma, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en rea­lidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiado de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos es­tremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada, con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la fa­cultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y segura en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, co­mo si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.


Gabriel García Márquez
(Colombia, 1927)


• Rima V

Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío,
del sol tiemblo en la hoguera,
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube
que en el ocaso ondea,
yo soy del astro errante
la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbres,
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares
y espuma en las riberas.

En el laúd, soy nota,
perfume en la violeta,
fugaz llama en las tumbas
y en las ruïnas yedra.

Yo atrueno en el torrente
y silbo en la centella,
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta.

Yo río en los alcores,
susurro en la alta yerba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos
del humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.

Yo, en los dorados hilos
que los insectos cuelgan
me mezco entre los árboles
en la ardorosa siesta.

Yo corro tras las ninfas
que, en la corriente fresca
del cristalino arroyo,
desnudas juguetean.

Yo, en bosques de corales
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.

Yo, en las cavernas cóncavas
do el sol nunca penetra,
mezclándome a los gnomos,
contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos
las ya borradas huellas,
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean,
y mi pupila abarca
la creación entera.

Yo sé de esas regiones
a do un rumor no llega,
y donde informes astros
de vida un soplo esperan.

Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa,
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra,

Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.

Yo, en fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.


Gustavo Adolfo Bécquer
(Gustavo Adolfo Dominguez Bastida,
España, 1836 - 1870)



• Los nombres


Porque también la cosa está en los nombres, en cómo suenen, en las palabras, pero más, más en los nombres porque se puede estar transmitiendo agarrado al micrófono con las dos manos, casi pegado el fierro a la boca, y la camisa abierta, transpirada y abierta, los auriculares ciñendo las orejas y las sienes como un dolor de cabeza y ahí valen los nombres, tienen que venir de abajo, carraspeados, desde el fondo mismo del esternón, tienen que llegar como un jadeo, lastimarte, tienen que ser llenos, digamos macizos, nutridos, eso, nutridos. Tienen que llenar la boca, atragantarla, que se los pueda masticar, escupir, como puede ser digamos Marrapodi, viejo, Marrapodi, ¡volóoo Marrapodi y echó al córner!, Marrapodi llena la garganta, sube, se puede arrastrar, no queda encía, muela, paladar sin Marrapodi, para deletrear casi con asco, con afonía. No. Marrapodi además volaba y se quedaba colgado en el aire con la pelota suya como un dirigible, remata, ¡vuela Marrapodi y atrapa! Roque Marrapodi, para colmo, nombre para reventarse las venas del cuello y que lloren los ojos por un solazo bárbaro de domingo a la tarde, lleno de gente porque entra Borello o quien sea y ¡tiraaa! Y allá sale disparado Marra como un lanzazo, la boca abierta, más abierta, los ojos casi en blanco, el pelo exagerado en el aire, un pie aquí, el otro allá, un manchón verde, uno gris, ese golpe en la punta de los dedos como quien puede manotear un pájaro, una gaviota, caer hecho un manojo en el aire, los bigotes misturados de césped, el olor, relojear por bajo el brazo y la ingle dónde fue a parar esa bola y gritar sintiendo la garganta afiebrada de flema volóooo Marrapodi, medio arrastrando entre los dientes y la lengua la doble erre porque ya el flaco con el fulbo bajo el brazo va a buscar la gorra que quedó en el otro palo. O quizás Carrizo, pero menos, no tiene tanta fuerza decir Carrizo, tal vez en la zeta está ese olor a naranja, a cigarrillo, pero por ejemplo Camaratta, otro, Camaratta, vamos viejo, Camaratta, viene el centrooo... y son tenazas las manos de Camaratta, ¡dos garfios Camaratta!, cómo no va a tener tenazas Camaratta aunque no se debía tirar, a Camaratta le debían reventar pelotazos en el pecho desde medio metro y el ruido se debía escuchar hasta en la otra cuadra y viene el rebote, entró Pontoni, tiróoo, sacó Camaratta, de nuevo un balinazo en el tórax inmenso de Camaratta con el pelo mojado sobre la frente y una lluvia de sudor desprendida de su nariz y el sudor en los ojos, ¡cómo le debía picar el sudor en los ojos a Camaratta!, ¡cómo le debería picar! Y se quedaría tirado tras el tercer rebote en el suelo como un cachalote con la media derecha caída, sangrante y terrosa la rodilla, porque Camaratta siempre debía jugar en cancha de Atlanta donde es pura tierra y cada entrevero era una polvareda tremenda, donde catorce hinchas se morían de calor y odio y miles pero miles de argentinos escuchaban succionados por la radio la voz porteña del balompié, pasión de multitudes, ¡Ca-ma-ra-tta!, salvó su arco de segura caída, Camaratta carajo, no Blazina por ejemplo porque Blazina es como decir felino o colina, algo plástico, estético, Mirko volaba en treinta y tres revoluciones, ahora un brazo, después el otro, flexionar la rodilla, una gambeta blanca blanca pero todo en cámara lenta, muda, como un vacío que se hubiera chupado el rugido de la tribuna, sólo Blazina planeando, en blanco y negro para colmo, que eso no es para hinchas, es para artes visuales. No, no se puede transmitir sin esos nombres, ojalá estuviera Marrapodi, o Camaratta, o Macarrata, o Camarrodi, Macarrata, ¡se tira Macarratta!¡Voló!, el micrófono hecho un puñal, un puñetazo sudoroso, ¿cómo puede haber un arquero García por ejemplo, García, qué se va a decir?, volóoo García, si queda en la boca esa sensación desierta y adormecida de cuando uno come pastillas de menta, volóoo García, qué mierda va a volar ese boludo. Que se quede parado para eso.


Roberto "El Negro" Fontanarrosa
(Argentina, 1944 - 2007)


• Rima IV

No digáis que, agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
¡habrá poesía!

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;

mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,

mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;

mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,

mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!


Gustavo Adolfo Bécquer
(Gustavo Adolfo Dominguez Bastida
España, 1836 - 1870)

• Amor venga sus agravios



Personajes
DOÑA CLARA DE TOLEDO (Marquesa de Palma)
CONDE DUQUE DE OLIVARES
ABADESA
DON ÁLVARO DE MENDOZA
TERESA, demandadera.
CONDE DE PIEDRAHITA
OTÁÑEZ
DON PEDRO FIGUEROA
FORTUNA
PADRE RAFAEL
BEATRIZ
PACHECO
DOROTEA
ROBLEDA
MARGARITA
RENDONES
CHAMOCHÍN y cuatro músicos que hablan
MÚZQUIZ
FELIPE IV, rey (a los dieciocho años)
VIEJAS que hablan.
DON PONCE y caballeros que hablan.
Una criada, convidados, monjas, novicia, un ujier, una tapada.

Acto primero

Cuadro primero
Escena primera
El parque del Retiro, al pie de palacio; una calle de árboles. DAMAS que pasean; varios corrillos de GALANES; algunas TAPADAS, MENDOZA
MENDOZA: (A unas TAPADAS.) A pesar de ir tan tapada, mal podéis encubrir vuestra hermosura.
TAPADA: Galán sois, pero tened cuenta con lo que hacéis, y no sigáis más. (Vanse.)
MENDOZA: Ni tenía tal intención. (PACHECO llega precipitado a MENDOZA y le abraza.) Pacheco, ¡cuánto me alegro de verte!
PACHECO: No me alegro yo menos; y por cierto que te hacía en Flandes ocupado en domar aquellos perros herejes, y no creía tener tanta dicha esta mañana.
MENDOZA: Pues no, amigo, no todo han de ser asaltos, duelos, ni alarmas, y alguna vez ha de trocar uno el lecho campal iluminado por las estrellas por la cama, aunque estrecha en comparación, más blanda y acomodada. Yo, por ahora, me he propuesto vestir seda en vez de hierro, beber vivo en lugar de cerveza, y ceñir la espada mejor que blandir la pica.
PACHECO: Tienes razón, y ya estarías harto de aquella vida, pero... ¿Cuándo has llegado?
MENDOZA: Ayer mismo; y antes, como se suele decir, de quitarme las espuelas, he venido al parque esta mañana a recordar aquellas felices en que tantas y tan buenas aventuras corrimos. Te aseguro que este parque y las mañanas de mayo han sido cosas que nunca he podido olvidar.
PACHECO: Lo creo: en Flandes como no hay mes de mayo...
MENDOZA: Allí hace un frío en este tiempo, que a estas horas por la calle no andan más que perros o soldados. Pero, hablando de otra cosa, tú conocerás todas estas muchachas: ¿ha habido muchas bajas? ¿Buenos reemplazos? Vaya, infórmame, porque yo te aseguro que hasta ahora no he conocido a ninguna, y estoy hecho un forastero en mi patria.
PACHECO: Pero creo que no tardarás mucho en hacer nuevos y útiles conocimientos, porque te vi, me parece, echar requiebros a una tapada...
MENDOZA: Sí; pura galantería: la costumbre de galán y de soldado. Pasa una mujer, ¡qué diablos!, algo le ha de decir uno. Pero te aseguro que vengo muy mudado de como fui. Tú sabes que entonces una mujer era para mí un ángel; ahora no es más que un mueble cualquiera, más o menos útil, más o menos incómodo.
PACHECO: Es decir, que ahora en vez de enamorarte tú, las enamoras a ellas, y en seguida las dejas sin misericordia.
MENDOZA: No, ni aún en eso pierdo el tiempo.
(En un corro FIGUEROA y otros.)
FIGUEROA: (Enojado.) Caballeros, el que pronuncie el nombre de esa señora, o siquiera hable de ella, lo hará con la espada en la mano para esperar mi respuesta.
CABALLERO PRIMERO: Señor don Pedro, no os acaloréis, que no fue mi intención ofenderla; os vi en el bosque ahora poco...
FIGUEROA: Silencio, os suplico. (Se pasea solo.)
CABALLERO PRIMERO: Es un gallego intratable.
CABALLERO SEGUNDO: Montaraz.
CABALLERO TERCERO: ¡Un pobre hidalgo que no tiene sobre qué caerse muerto, con más vanidad...!
MENDOZA: Sí, para eso me ha llamado mi tío. Quiere casarme con mí prima Clara. Yo no la conozco apenas, porque ella era niña cuando yo me fui; y es lo mejor que no he preguntado aún si es fea o bonita.
PACHECO: Te felicito por tu boda con ella, es bonita, y además, sus riquezas y el título de marqués de Palma que te dará con su mano, te pondrán en estado de hacer un brillante papel en la corte.
MENDOZA: Tal he pensado, porque al fin y al cabo un segundón como yo no tiene otra salida que un buen casamiento, o un beneficio, si sigue la iglesia. A mí me dio por la espada, y como he reparado que con ella mejor se alcanza un chirlo que le divida a uno las narices que una buena renta, después de haber gastado mi patrimonio, sin otro recurso que mi apellido y mi buena suerte, cansado de las borrascas de la vida, me acojo al puerto seguro del matrimonio.
PACHECO: Sí, para entregarte en mejor navío, y bien armado y provisto, al mar de la ambición, del poder y de la fortuna.
MENDOZA: Cabalmente.
PACHECO: Y doña Clara de Toledo, marquesa de Palma, es el mejor mueble, o escalón, que podía proporcionarte la suerte.
MENDOZA: Y por eso me caso con ella. Además, tengo entendido que es una inocente, de carácter muy dulce, criada y educada en un convento de donde ha poco que salió. Mi tío es su tutor; me ha asegurado que no sabe qué cosas son galanteos, amigas, ni visitas, que no ve sino a él y al padre Rafael, confesor del rey y vicario de las monjas con quienes se crió. ¡Cortada y hecha para mí! Ya ves... joven, bonita, según tú dices, marquesa de Palma, rica, simplecilla, y que se hará por consiguiente a mis mañas... ¡voto va!, que es haber encontrado con la horma de mi zapato.
PACHECO: De modo que cuando andes en coche, prives con el rey y te llamen su excelencia el señor marqués de Palma, habrá que echarte memoriales para hablarte.
MENDOZA: Te aseguro que después de tan malas noches como he pasado en aquellas malditas dunas de Holanda, el agua o la nieve a la cinta, contando los minutos, y esperando un arcabuzazo como un amante la hora de la cita, te aseguro que tengo vivas ansias de pisar alfombras y hundir colchones de pluma. Por lo demás, y si no se verificase la boda, ni se muriese la muchacha, que también me viene a mí por línea recta su título en ese caso, quiere decir que... a la guerra me lleva mi necesidad, como dice la copla, si tuviera dinero no fuera en verdad, o iría de muy diferente manera. (Corrillo donde está FIGUEROA.)
CABALLERO PRIMERO: Aquel es. (Señalando a MENDOZA.)
FIGUEROA (Cuidadoso.): ¿Y decís que viene a casarse con la marquesa de Palma, su prima?
CABALLERO TERCERO (A otro, sonriendo.): ¿No reparas que apenas puede tragar la saliva?
CABALLERO PRIMERO: Lo sé de fijo: su mismo tío, el conde de Piedrahita, tutor de la joven marquesa, le ha hecho venir de Flandes, con esa intención.
FIGUEROA: Pero ese casamiento se verificará, o no, según ella quiera.
CABALLERO SEGUNDO: Y si ella no quiere también. El tutor tiene gran favor en la corte; alcanzará del rey lo que mejor le acomode y forzará la voluntad de la niña.,
PACHECO (A MENDOZA.): Es extraño que no haya venido. Todas las mañanas viene a pasear con todo el aparato de escuderos, viejos y damas de honor que corresponde a dama tan principal.
(Corrillo.)
CABALLERO PRIMERO: Ved lo que decís, don Pedro, sobre eso, de que no hay ley divina ni humana que autorice a forzar la libertad de nadie. Habláis con un calor que cualquiera recelaría...
FIGUEROA: Nadie recelaría, yo defiendo la justicia y...
CABALLERO SEGUNDO: ¿Y fiáis en la voluntad de firmeza de una mujer?
FIGUEROA: Señor caballero, una mujer es capaz de tanta voluntad como no podemos ninguno de nosotros imaginarnos.
MENDOZA: Está el paseo delicioso y va cada vez viniendo más gente.
PACHECO: Vente por este lado hacia el estanque y galantearemos un rato a las tapaditas de medio pelo, que allí es el paseo de las aventuras.
MENDOZA: Sí, vamos... pero no, que allí viene mi tío con el confesor del rey. Ayer noche no hice más que verle un momento, y no quiero que me tenga por un rapaz inconsiderado y sin seso.
Escena II
Dichos y el CONDE DE PIEDRAHITA y el PADRE RAFAEL, que salen por una puerta de las de palacio. Corrillo. FIGUEROA aparte hablando con el primer caballero
CABALLERO SEGUNDO: No lo dudéis, el buen Figueroa está loco de amor por ella.
CABALLERO TERCERO: ¿Y ella le quiere?
CABALLERO SEGUNDO: No hay duda.
CABALLERO CUARTO: Las mujeres son caprichosas. En medio de tan brillante juventud ha ido a elegir un hidalguillo gallego, vasallo suyo. Ved con qué afán habla con nuestro amigo. (Señalando a FIGUEROA.)
CONDE (A MENDOZA.): ¡Hola, mala cabeza! No vendrás muy cansado del viaje cuando tan temprano has dejado la cama.
MENDOZA: La fatiga es el descanso del soldado y la costumbre de velar que traigo me hace despertar antes de amanecer como si oyera el toque de alarma.
PADRE RAFAEL: ¿Este caballero es el sobrino de que me habéis hablado alguna vez y que estábais esperando de Flandes?
CONDE: El mismo, y en él os presento a don Álvaro de Mendoza, capitán de los tercios españoles, de cuyas hazañas habréis oído hablar en la corte más de una vez.
MENDOZA: Humilde servidor de vuestra paternidad.
PADRE RAFAEL: Servidor de Dios. Y a fe que no desmiente su gallarda presencia los hechos que de él se refieren.
MENDOZA: Agradezco la merced que vuestra paternidad me hace.
Escena III
LA MARQUESA con el aparato de comitiva. FIGUEROA se separa del corrillo procurando hacerse notar de ella. Los CABALLEROS hablan entre sí; lo mismo MENDOZA en otro corrillo.
CABALLERO PRIMERO: Vedla. Allí viene la marquesita de Palma con toda su comitiva.
CABALLERO SEGUNDO: Mirad a Figueroa qué turbado se ha puesto en cuanto le ha visto y cómo se ha deslizado de nuestro corro.
CONDE: Le miro como a mi hijo y es el esposo que tengo destinado a mi pupila Clarita.
PADRE RAFAEL: Desengañaos, conde, doña Clara ha elegido mejor esposo: yo la conozco bien y sé cuánto ella prefiere al mundo el retiro y el silencio del claustro. Su vocación, o yo me engaño mucho, o es verdadera sin duda alguna.
MENDOZA: Esa virtud de mi prima doña Clara me encanta y me enamora sobremanera.
CONDE: Cuando yo te lo digo... es la única mujer para mujer propia. Yo convengo con su paternidad en que la chica gusta más del retiro y de la soledad que de saraos y bailes, pero esa es precisamente la razón en que me fundo para dártela por mujer.
MENDOZA: ¿Y sabéis acaso si ella gustará de mí?
CONDE: ¡Gustar de ti! Clara no tiene más voluntad que la mía; además que no entiende ella de eso.
(El último escudero de la marquesa se acerca a FIGUEROA; el conde y el fraile llegan después a la marquesa y la saludan.)
PACHECO: Allí viene, ésa es. (A MENDOZA, bajo y señalándosela.)
MENDOZA: El escudero aquel que se ha apartado a un lado con aquel hombre, ¿no es de su comitiva?
PACHECO: sí.
MENDOZA: Parece que le da un recado; (Aparte) si sabrá la niña más de lo que se cree. Apostaría a que es una cita amorosa.
OTÁÑEZ (A FIGUEROA.): ¡Ce!. Despachad. Esta noche a las doce os espera mi señora en la reja del jardín. No faltéis. Adiós.
FIGUEROA: ¿A las doce? ¡Oíd! No os vayáis tan pronto.
OTÁÑEZ: Sí, a media noche por la reja del jardín, adiós.
MENDOZA (Aparte.): No hay duda: él la sigue con la vista y ella ha vuelto a mirarle: ¡buen chasco está para un novio!
CABALLERO PRIMERO: Os doy la enhorabuena (A FIGUEROA, que vuelve al corro) vuestra cara manifiesta que habéis recibido alguna buena noticia.
FIGUEROA: Os preciáis de fisonomista, según veo; pero os aconsejo que en adelante hagáis vuestras observaciones en otro semblante que en el mío.¿Me comprendéis...? (Vase.)
MENDOZA (A PACHECO.): ¿No le conoces?, pues síguele e infórmate de quién es. Hasta luego. (Vase PACHECO.)
CONDE: La mejor rosa de mayo faltaba, y he aquí que viene a adornar nuestros jardines. Bienvenida, mi querida doña Clara.
CLARA: ¡Este paseo de por la mañana me gusta tanto!
PADRE RAFAEL: Es un recreo saludable y la mejor hora para dar gracias al Criador y admirar sus maravillas.
CONDE: Y la única diversión de que gusta mi querida pupila.
MENDOZA (Aparte.): Y que proporciona un medio excelente de dar una cita.
CLARA: Os aseguro, señor conde, que vivo feliz sin necesidad de otros pasatiempos. Tengo para mí que deben ser desgraciadas las personas que necesitan ese bullicio del mundo para distraerse; sin duda tratan de atolondrarse con su estrépito y olvidar sus pesares por un momento.
PADRE RAFAEL: Doña Clara piensa como se debe: amar a Dios y vivir para morir es la senda que conduce a la vida eterna.
MENDOZA (Aparte.): Sermón tenemos.
CONDE: Sin embargo, doña Clara me hará el favor de mirar un momento con buenos ojos a su primo don Álvaro de Mendoza, que acaba de llegar de Flandes y que se ofrece por su servidor.
CLARA: Me doy el parabién de tener tal caballero por primo mío.
MENDOZA: Y yo, señora, tengo por dichoso este instante, puesto que hago en él tan ventajoso conocimiento. Mucho, prima, me habían alabado tu hermosura, pero veo que han sido muy escasos los elogios y mezquina mi imaginación.
CLARA: Agradezco, don Álvaro, vuestra cortesía.
CONDE: Todo eso está muy bien; pero es preciso que os tratéis de aquí en adelante con más franqueza. Ya sabes, doña Clara, que tu primo ha de ser, si hemos de hacer mi gusto, tu esposo.
CLARA (Aparte.): ¡Suerte fatal!
MENDOZA: Ésa será para mí la felicidad suprema. (Aparte.) ¡Mala cara pone!
CLARA (Aparte.): ¡Y para mí la muerte!
CONDE: Propiedad de todas las doncellas ponerse coloradas y mirar al suelo cuando se las habla de casamiento. Pero dejemos esto, que se ha de tratar más despacio, y paseemos un rato.
PADRE RAFAEL: El rey debe salir de un momento a otro, y el señor conde no habrá olvidado que tanto él como yo tenemos que acompañarle.
CONDE: Estas caras inocentes que le hacen a uno olvidarse de todo... pero tenéis razón. Tú, Clara, ve y da tu acostumbrado paseo, y si no te incomoda puede acompañarte tu primo.
MENDOZA: Para mí será un placer si doña Clara se sirve aceptar mi compañía.
CLARA (Aparte.): ¡Oh, qué enojo! (Alto.) Bien, ¿por qué no?, yo iré muy honrada con ella.
VOCES DENTRO: ¡Plaza al rey!
VOCES DENTRO: ¡Plaza! El rey.
CONDE: El rey viene. Adiós, doña Clara.
PADRE RAFAEL: Id con Dios, niña,
(Vanse ambos a recibir al rey.)
MENDOZA: Gran ventura es la mía esta mañana. (A DOÑA CLARA.)
CLARA (Aparte.): Que fastidioso es: le aborrezco. La mía... Vamos, estoy tan poco acostumbrada al lenguaje de la galantería, que apenas sé responder.
MENDOZA: Vuestros ojos hablan por sí solos, y su lenguaje penetra en el corazón.
(DOÑA CLARA echa a andar; MENDOZA la sigue gatanteándola. La gente corre a ver salir al rey.)

Cuadro II
Calle: a la derecha del espectador, el cercado de un jardín con algunas rejas que van a dar a la calle. Es media noche, serena, aunque de poca luz
Escena primera
FIGUEROA, MENDOZA
FIGUEROA: No han llegado aún, y ya pasó la hora convenida... (Pasa al lado opuesto y mira por la calle adelante.) ¡Ni un alma aparece! ¡Qué rabia! ¿Qué será en este instante de mi Clara? ¿Si esperará la seña convenida, fiel a sus juramentos? ¿Quién sabe? ¡Ese capitán Mendoza recién venido de Flandes! ¡Estos músicos de Barrabás! ¿Si habrán errado la calle? (Asómase por el lado derecho. Sale MENDOZA por el lado opuesto embozado.)
MENDOZA: Dos vueltas he dado a la casa y las dos en balde. Sin embargo ésta debe ser la hora del lance y por mi nombre que no he de aguantar dado falso de un pájaro de primer vuelo. Sepa yo en qué paran los cuchicheos de esta mañana, que aunque cualquier suceso me sea indiferente, el averiguarlos todos es importante a mis designios. Asalte yo el castillo de mi ambición y siquiera sea por la escala o por la brecha. ¡Hola! ¿Quién va? (A DON PEDRO, que aparece.)
FIGUEROA: ¿Chamochín?
MENDOZA: Señor. (Aparte.) Fingir y veamos
FIGUEROA: ¿Dónde están tus compañeros? Pronto, que vengan aquí. Toda la noche me tenéis renegando de vuestra tardanza.
MENDOZA: Por eso me he adelantado a tranquilizar a vuestra merced y a disculpar nuestra inexactitud.
FIGUEROA: ¿Cómo es eso? ¿Quieres insultarme, traidor embustero? ¿Conque vienes sólo a decirme que no cumples tu palabra?
MENDOZA: Eh, poco a poco, caballero idos a la mano si os cumple... (Reportándose) que aunque músico, soy hombre honrado. Atrás viene la banda y estará aquí muy pronto.
FIGUEROA: Eso último te valga, porque si no, lo pasas mal a fe mía. ¿Pero cómo tan tarde?
MENDOZA: Cosa muy sencilla. Que antes que ir con vos teníamos que dar serenata algo distante de aquí por un galán gentilhombre, a quien debemos mucho y se nos citó más temprano. Todo podía hacerse como otras noches; mas en ésta, por arte del demonio, cuando mejor iba el concierto, engrescóse una de... ¡Atrás la ronda!, cuchilladas, cintarazos y ¡favor al rey!, que hasta una hora después ha sido imposible reunirse, ni...
FIGUEROA: Ahí están: colocaos en lo alto de la calle y desde allí entonad la letra que esta tarde os di. (Vienen los músicos por la calle abajo.)
MENDOZA: Se hará como mandáis. (Va a irse.)
FIGUEROA: Atiende, Chamochín. Os iréis aproximando despacio hacia este sitio y observaréis lo que os vaya ordenando.
MENDOZA: Muy bien, señor. (Aparte.) Él es, no hay duda, pero juraré no perderle de vista. (DON PEDRO se dirige a la casa. Hablando con el grupo, un músico se adelanta.) ¿Chamochín? Volved a la esquina, y desde allí bajad despacio cantando la letra que esta tarde os mandó aprender el señor don Pedro Figueroa. (Retroceden los músicos. MENDOZA los sigue.)
FIGUEROA: Ánimo, esperanzas mías. (Observa.) El jardín está solo, no se mueve ni una hoja, sólo percibo el murmullo de la fuente y el palpitar de mi pecho. (Apoyado en la reja y pensativo.)
Escena II
Los precedentes, CHAMOCHÍN y músicos, y después CLARA.
(Oyese la canción)

Despierta, hermosa señora,

señora del alma mía:

den luz a la noche umbría

tus ojos que soles son.

Despierta, y si acaso sientes

tu corazón conmovido

es que responde al latido

de mi amante corazón.

Oye mi voz.

Oye mi voz.
FIGUEROA: No viene: no se oyen sus pasos... Su vestido blanco no raya en las sombras del bosquecillo. (A los músicos con una seña.) ¡Silencio!
CLARA (A la reja.) : ¡Figueroa! ¡Ce!
FIGUEROA: ¡Clara! (Corre a la reja y quiere echarse a sus pies.)
CLARA: ¿Qué vas a hacer, amor mío?
FIGUEROA: ¿Eres tú, mi Clara de quien ya me veía abandonado? Déjame besar tu mano y oprimir con ella mi corazón. ¡He padecido mucho en poco tiempo!
CLARA: No sé lo que dices, Pedro, no entiendo tus palabras, aunque me siento conmovida con ellas. Acaba de romper la serenata. Me tienes a tu lado más cariñosa que nunca, y sin embargo parece que dudas de mí. Sí, amigo mío, te he oído cosas muy amargas: hablas de temores; ¿qué quiere decir eso? Responde.
FIGUEROA: ¡Temores...! Siempre los he tenido, siempre han andado conmigo enlutando mis alegrías. ¿Y qué otra cosa pudiera prometerme, yo desdichado, tan lejos de ti por la fortuna que me condena a adorarte por hermosa y a respetarte por señora de mi país nativo? ¡Ah! ¿Por qué no valgo lo que tú vales?
CLARA: Ese delirio me ultraja, Figueroa; ese injusto recelo desvanece mis ilusiones más queridas. Vienes a hablarme del rango y de las riquezas de que soy esclava, cuando yo acudo a buscar en tus labios la ternura de una pasión. ¿Cuál es el poder de la fortuna para que pretenda separarnos? (Con intención.) Si es que tu llama se resfría, podré compadecerte, pero nunca...
FIGUEROA.: No más, señora, no más; todo lo podéis conmigo, menos dudar de mi fe. Esa duda es mucho mayor que mi sufrimiento y que mi amor a la vida. Escucha, Clara, mil veces al indicarte este dolor secreto que me consume, y que preside a mis pensamientos, a todas mis vigilias, he sentido que ciertas palabras profanarían quizá la pureza de nuestro amor y mi lengua ha reusado pronunciarlas, pero hoy bien conocerás que mi pecho no podía aguardar ya tan funesto depósito. ¿Recuerdas el paseo de esta mañana?
MENDOZA (Algo separado de los músicos para escuchar a los amantes.): Alarmado está el galán: el caso no es para menos. Oigamos a la inocente, a la simplecilla educanda. ¡Qué candorosas son las niñas a los dieciocho años! i Mal rayo!
MÚSICO PRIMERO: ¡Despacio va esto!
MÚSICO SEGUNDO: ¿No conoces al embozado que nos dio la orden?
MÚSICO PRIMERO: Ésta es la primera noche que viene acompañando a Figueroa. Será algún deudo suyo.
MÚSICO SEGUNDO: Pregúntale Chamochín, si nos vamos a acostar que el fresquillo de la madrugada me está pasmando el cuerpo.
MÚSICO PRIMERO: ¿Ce? ¿Caballero? (A MENDOZA.)
MENDOZA: Sí, cantad, acabad la letra, pero suavemente. (Aparte.) Estos mamarrachos, si me descuido, lo echan a perder todo, si no me engaño han pronunciado mi nombre en la reja. (Se acerca.)
Música y canción

La flor más pura y galana

que el abril fecundo adora

al despuntar la aurora

perfuma el primer albor:

pero es mil veces más puro

de tu boca el blando aliento

si perfuma en torno el viento

tierno suspiro de amor.

Oye mi voz.

Oye mi voz.
FIGUEROA: ¿Qué es esto? ¿Quién viene?
CLARA: Son los tuyos que vuelven a cantar. Déjalos, que estoy muy prendada del tono y del sentido de la trova.
FIGUEROA: ¿Te sonríes, Clara, cuando tan atormentado me estás viendo?
CLARA: ¿Y por qué no, ídolo mío? Demasiado triste me ven todos los días. Me tienes muy enamorada para que lejos de tus ojos pueda alegrarme jamás. Cuando no te veo, ando pensativa en dulces imaginaciones de estar a tu lado, de envanecerme con tu gallardía; y porque se te ocurra turbar el paraíso que hay para mí en tu cariño, no tengo de sufrir yo la pena de tu desvarío. Te empeñas en no estar contento con mis caricias; no me importa, yo estoy loca de júbilo en tu presencia, ¿No te parezco hermosa como otras veces?
FIGUEROA: ¡Hermosa! ¡Ah, sí, más que nunca! Más hermosa que lo es en mi fantasía el ángel que te conduce a este sitio entre las sombras y los vapores de la noche. Pero tus bodas están concertadas con otro...
CLARA: Eso tú y yo lo sabemos, esposo mío. ¿Has olvidado el juramento? ¡Ah, Pedro! Vuelve a leerme en el fuego que ahora enciende mi semblante. Tengo mi mano sobre tu corazón, y no envidio a una reina coronada.
MENDOZA (Aparte.): Esposos se han llamado. La fortuna es mi guía en esta ronda. ¡Ah! ¡Don Pedro Figueroa! Que esa palabra envenene tu aliento. ¡Te arrojas delante de mi camino...! Retírate en paz, porque si no, voto a los cielos, que me has de servir de alfombra.
FIGUEROA: Sí, esposa mía, Mendoza debe de adorarte, porque te ha visto una vez ese hombre te desea, y el mundo a que perteneces te va a colocar en sus brazos, ¡Oh, infamia! Primero la muerte que consentir en mi mengua y en tu debilidad.
CLARA: Sosiégate, amado mío; calma tu frenesí, v aprende a estimar en más a la que se juzga digna de tu pasión. Soy mujer, es verdad, todo lo temo de mí flaqueza... Pero hay una cosa, una sola cosa en el universo de la que estoy segura, bien satisfecha. Del amor que te tengo, de ser tuya para siempre, nada me hace dudar. En llegando a este punto no titubeo ni un instante y advierte que cuando así te hablo pienso en peligros, en amenazas, en respetos, en seducciones de todo género, en la honra misma y el decoro que se debe a una mujer de mi sangre, pero también cuento con mi resolución de pertenecerte y con mi libertad de ser dichosa. (Con afectación.) En cuanto al capitán de Flandes, no me pesará a fe mía verle rendido, que al fin triunfos como éste podrían guarnecer mucho la guirnalda de nuestro banquete nupcial.
MENDOZA (Aparte.): ¡Podrá equivocarse mi inocente prima, y se equivocará sin duda, vive Dios!
FIGUEROA: Adiós, señora: si bajo cualquier título pensáis en vuestro primo, no os podré mirar tranquilo hasta que mi espada borre su sombra, porque esa sombra llegaría a helarme la sangre en las venas. Adiós quedad que el tiempo vuela.
CLARA: Se conoce que aún no has probado mi enojo, don Pedro, y te advierto que puede ser más severo de lo que imaginas. ¿Quién fue, caballero, quién fue la que os rogó por la mañana que asistieseis a esta reja? ¿Queréis decírmelo? Porque a mí, según entendéis, la primera visita del capitán debía tenerme un poco embelesada para pensar en otra cosa.
FIGUEROA: Clara, lo confieso, seré injusto contigo, así lo quiere mi desventura: pero es preciso que yo obedezca a la pasión que hierve dentro de mí, porque esa pasión así, caprichosa, ridícula, pueril, si tú quieres, es la que me eleva hasta la región en que tú habitas, y la que me ha hecho promesas en tu nombre. Yo no volveré a tu lado sin la confianza que necesito.
MENDOZA (Aparte.): ¡Diablo con el buen Figueroa!
CLARA: No te vas, yo lo mando, yo te necesito por el bien de nuestro amor. Si ahora te apartas de mí, cuenta contigo sólo desde este momento en adelante, supuesto que no contemplas sino tus gustos.
MENDOZA (Aparte.): No le deja marchar. ¿Será caridad hacia su primo o recelo por su amante? De todo tiene la viña. ¡Qué inocencia de criatura! ¡Es tan joven todavía! ¡¡Mentecatos!!
FIGUEROA: Acaba hermosa mía. Di lo que quieres exigir de mí. Pero tú tiemblas, se arrasan tus ojos en lágrimas: ¡Por tu vida que no aumentes mi desesperación!
CLARA: ¡Cruel! Extrañas mi quebranto y mi amargura cuando acabas de presentarme lo más horroroso del desengaño. Conque la pobre Clara no tiene imperio ni atractivo para detener algunos instantes al hombre que se llama suyo, y quieres que indiferente lo conozca y se resigne. Ahora sé que al hacerte dueño de mi alma no reservé para mí más que la pena de tu ingratitud.
FIGUEROA.: Clara, perdona mis arrebatos: manifiesta tu voluntad, y verás hasta qué punto soy tu esclavo.
CLARA: Oyeme, Figueroa. Nuestra situación es urgente y comprometida. Por no valer menos a tus ojos he podido privarme hasta hoy de todo el placer que más que tú he deseado. Sé que eres comedido y discreto, tengo confianza en tu amor y mucha fe en que nos salvaremos; pero es preciso que nos pongamos de acuerdo para tomar una resolución pronta y segura. La llave de esta reja está en mi Poder; una doncella enteramente mía nos espera en mi gabinete, dispuesta para cualquier aviso. Mi tutor duerme, la casa está en silencio...
FIGUEROA: Dentro de un instante me verás correr a tus brazos. Voy a alejar de estos lugares testigos inoportunos. ¡Oh, divina felicidad! Desde el fondo del infortunio veo los cielos abiertos. (Se dirige a los músicos.) ¡Eh! ¡Amigos!
MENDOZA: ¿Correrás a sus brazos? (Incorporándose al grupo.) Pero no has de llegar a ellos, no lo temas. (Requiriendo la espada.)
FIGUEROA: Tomad. Retiraos cantando. (Alargando un bolsillo) Y volved mañana, que ya viene el día.
Canción

Adiós, mis dulces amores,

que envidiosa el alba fría

ya raya en oriente el día

por turbar nuestro placer:

Adiós, señora; mi alma

dejo al partirme contigo:

Amante triste maldigo,

aurora, tu rosicler.

Guárdame fe.

Guárdame fe.
(Vanse los músicos. DON PEDRO los observa hasta que se entran por el tercer bastidor de la izquierda del espectador. Suena la llave en la reja, que se abre. MENDOZA vuelve precipitadamente, y rebozado.)
Escena III
MENDOZA, FIGUEROA
MENDOZA: ¿Adónde vais caballero?
CLARA: ¡Ah, Dios mío! ¿Quién será? (Cerrando sorprendida, observa.).
FIGUEROA: ¿Y con qué derecho me pregunta el imprudente?
MENDOZA (Con sorna.): Soy amigo vuestro y bien nacido además.
FIGUEROA (Mete Mano.): Defendeos, voto a mi nombre, si queréis morir como bueno.
MENDOZA: No vengo a reñir, señor Figueroa, sino a representaros esta noche lo que se debe al honor de las damas principales, para que en amaneciendo podáis llamaros hidalgo. Para enamorado basta, señor don Pedro.
FIGUEROA: Acortar razones, cobarde, y sacad la espada (Hacia él), que ya no respondo de mi cólera.
CLARA: ¡Asesino! Corro a salvar su vida. (Desaparece.)
MENDOZA: ¡Mi espada! Está bien ceñida. Os prometo que algún día os pesará verla desnuda.
(Se advierte movimiento en la casa de CLARA: óyese abrir algunas ventanas; poco después aparecen luces.)
FIGUEROA: Vil, embustero, defiéndete o te mato.
MENDOZA: Insultáis a una capa que no quiere responderos, porque no es ésta la ocasión ni el sitio. Oíd: la calle se altera; la marquesa ha despertado sin duda; doña Clara llama a sus criados, y por allá abajo gritan: ¡al asesino! Si queréis mediadores, fácil es aquí la pendencia. Yo sé llamaros por vuestro nombre: mañana nos veremos. ¡Abur!, que reflejan las luces y tengo muy mala cara. (Vase.)
FIGUEROA: ¡Voy a seguirte hasta el cabo del mundo! ¡Clara! Mi corazón tiembla por ti, y es muy leal mi corazón. (Vase.)
Escena IV
Viejas, CONDE y criados
(Algunos criados con armas y una linterna salen por la puerta de CLARA, que está hacia el medio de la calle; el tutor, conde de Piedrahita, al balcón. Algunas mujeres viejas en sus ventanas.)
VIEJA PRIMERA: ¡Qué tal, las musiquitas! Si siempre lo estoy diciendo; no pueden traer nada bueno.
VIEJA SEGUNDA: ¡Ay, qué susto, señora Estéfana! Vamos, no hay justicia; todo se vuelve pícaros por la noche. ¡Virgen santísima!
VIEJA TERCERA: La culpa tienen más de cuatro moscas muertas, que parece que no han roto un plato en su vida.
VIEJA PRIMERA: Vaya, a que no asoman ahora. Estarán durmiendo como pajaritos. ¡Qué lástima...! Buenas noches, vecinas. ¡Válgate Dios!
CONDE: Pronto, muchachos, acudid al ruido y detened a todo el mundo.
UN CRIADO (Con Chuzo.): ¿Por dónde van esos perros?
OTRO: Por aquí, por el callejón,
TODOS: ¡A ellos! (Entranse por donde los otros fueron.)
(Cae el telón.)


José de Espronceda (España, 1808 - 1842)

• Rima III

Sacudimiento extraño
que agita las ideas,
como huracán que empuja
las olas en tropel.

Murmullo que en el alma
se eleva y va creciendo
como volcán que sordo
anuncia que va a arder.

Deformes siluetas
de seres imposibles;
paisajes que aparecen
como al través de un tul.

Colores que fundiéndose
remedan en el aire
los átomos del iris
que nadan en la luz.

Ideas sin palabras,
palabras sin sentido;
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás.

Memorias y deseos
de cosas que no existen;
accesos de alegría,
impulsos de llorar.

Actividad nerviosa
que no halla en qué emplearse;
sin riendas que le guíen,
caballo volador.

Locura que el espíritu
exalta y desfallece,
embriaguez divina
del genio creador...

Tal es la inspiración.

*

Gigante voz que el caos
ordena en el cerebro
y entre las sombras hace
la luz aparecer.

Brillante rienda de oro
que poderosa enfrena
de la exaltada mente
el volador corcel.

Hilo de luz que en haces
los pensamientos ata;
sol que las nubes rompe
y toca en el zenít.

Inteligente mano
que en un collar de perlas
consigue las indóciles
palabras reunir.

Armonioso ritmo
que con cadencia y número
las fugitivas notas
encierra en el compás.

Cincel que el bloque muerde
la estatua modelando,
y la belleza plástica
añade a la ideal.

Atmósfera en que giran
con orden las ideas,
cual átomos que agrupa
recóndita atracción.

Raudal en cuyas ondas
su sed la fiebre apaga,
oasis que al espíritu
devuelve su vigor...

Tal es nuestra razón.

Con ambas siempre en lucha
y de ambas vencedor,
tan sólo al genio es dado
a un yugo atar las dos.


Gustavo Adolfo Bécquer
(Gustavo Adolfo Dominguez Bastida,
España, 1836 - 1870)

• La visita del señor Testador


El señor Testator alquiló una serie de habitaciones en Lyons Inn, pero tenía un mobiliario muy es caso para su dormitorio y ninguno para su sala de estar. Había vivido en estas condiciones varios meses invernales y las habitaciones le resultaban muy des nudas y frías. Un día, pasada la medianoche, cuando estaba sentado escribiendo y le quedaba todavía mucho por escribir antes de acostarse, se dio cuenta d, que no tenía carbón. Lo había abajo, pero nunca había ido al sótano; sin embargo, la llave del sótano es taba en la repisa de su chimenea y si bajaba y abría e sótano que le correspondía podía suponer que el carbón que en él hubiera sería el suyo. En cuanto a su lavandera, vivía entre las vagonetas de carbón y lo barqueros del Támesis, pues en aquella época había barqueros en el Támesis, en un desconocido agujero junto al río, en los callejones y senderos del otro lado del Strand. Por lo que se refiere a cualquier otra persona con la que pudiera encontrarse o le pudiera poner objeciones, Lyons Inn estaba llena de persona dormidas, borrachas, sensibleras, extravagantes, que, apostaban, que meditaban sobre la manera de renovar o reducir una factura... todas ellas dormidas ( despiertas pero preocupadas por sus propios asuntos).
El señor Testator cogió con una mano el cubo del carbón, la vela y la llave con la otra, y descendió a las tristes cavernas subterráneas del Lyons Inn, desde donde los últimos vehículos de las calles resultaban estruendosos y todas las tuberías de la vecindad parecían tener el amén de Macbeth pegado a la garganta y estar tratando de escupirlo. Tras andar a tientas de aquí para allá entre las puertas bajas sin propósito alguno, el señor Testator llegó por fin a una puerta de candado oxidado en la que ajustaba su llave. Tras abrir la puerta con grandes problemas y mirar al interior, descubrió que no había carbón, sino un confuso montón de muebles. Alarmado por aquella intrusión en las propiedades de otra persona, cerró de nuevo la puerta, encontró su sotanillo, llenó el cubo y volvió a subir las escaleras.
Pero los muebles que había visto pasaban corriendo incesantemente por la mente del señor Testator, como si se movieran sobre cojinetes, cuando a las cinco de la mañana, helado de frío, se dispuso a acostarse. Sobre todo deseaba una mesa para escribir, y el mueble que estaba al fondo del montón era precisamente un escritorio. Cuando por la mañana apareció su lavandera, salida de su madriguera, para hacerle el té, artificiosamente llevó la conversación al tema de los sotanillos y los muebles; pero resultó evidente que las dos ideas no se conectaron en la mente de la criada. Cuando ésta le dejó solo sentado ante el desayuno y pensando en los muebles, se acordó que el cerrojo estaba oxidado y dedujo de ello que los muebles debían estar almacenados en los sótanos desde hacía mucho tiempo... que quizá su propietario los había olvidado, o incluso había muerto. Tras pensar en ello varios días, durante los cuales no pudo obtener en Lyons Inn noticia alguna sobre los muebles, se desesperó y decidió tomar prestada la mesa. Lo hizo aquella misma noche. Y no tenía la mesa cuando decidió tomar prestado también un sillón; y todavía no lo tenía cuando pensó coger una librería, y luego un diván, y luego una alfombra grande y otra pequeña. Para entonces se había dado cuenta de que «se había aprovechado tanto de los muebles» que no podrían empeorar las cosas si los tomaba prestados todos.
Y en consecuencia, lo hizo así y dejó cerrado el sotanillo. Siempre lo había cerrado tras cada visita. Había subido cada uno de los muebles en la oscuridad de la noche, y en el mejor de los casos se había sentido tan perverso como un ladrón de cadáveres. Todos los muebles estaban sucios y costrosos cuando los llevó a sus habitaciones, y tuvo que pulirlos, como si fuera un asesino culpable, mientras Londres dormía.
El señor Testator vivió en sus habitaciones amuebladas dos o tres años, o más, y gradualmente se fue acostumbrando a la idea de que los muebles eran suyos. Era ésa una sensación que le resultaba conveniente hasta que de pronto, una noche a una hora tardía, escuchó unos pasos en las escaleras, y una mano que rozaba la puerta buscando el llamador, y luego una llamada profunda y solemne que actuó como un resorte en el sillón del señor Testator, lanzándolo fuera de él, pues con gran prontitud atendió a la llamada, El señor Testator se acercó a la puerta con una vela en la mano y encontró allí a un hombre muy pálido y alto; estaba un poco encorvado; sus hombros eran muy altos, el pecho muy estrecho y la nariz muy roja; un tipo verdaderamente cursi.
Se envolvía en un raído y largo abrigo negro que por delante se cerraba con más agujas que botones, y oprimía bajo el brazo un paraguas sin mango, como si estuviera tocando una gaita.
-Le ruego que me perdone, pero ¿puede usted informarme...? -empezó a decir, pero se detuvo; sus ojos se posaron en algún objeto de la habitación.
-¿Si puedo informarle de qué? -preguntó el señor Testator observando alarmado aquella detención.
-Le ruego que me perdone -prosiguió el desconocido-. Pero... no era ésta la pregunta que iba a hacerle... ¿no estoy viendo un pequeño mueble que me pertenece?
El señor Testator había empezado a decir, tartamudeando, que no sabía, cuando el visitante se deslizó a su lado introduciéndose en la habitación. Una vez dentro, con unas maneras de duende que dejaron congelado hasta el tuétano al señor Testator, examinó primero el escritorio, y dijo: «mío», luego el sillón, del que dijo: «mío», luego la librería, y dijo: «mía»; luego dio la vuelta a una esquina de la alfombra y dijo: «¡mía!» En resumen, inspeccionó sucesivamente todos los muebles sacados del sotanillo afirmando que eran suyos. Hacia el final de la investigación, el señor Testator se dio cuenta de que estaba empapado de licor y que el licor era ginebra, pero l; ginebra no le volvía inestable ni en su manera de hablar ni en su porte, sino que le añadía en ambos aspectos cierta rigidez.
El señor Testator se encontraba en un estado terrible, pues (según redactó la historia) por primer; vez se dio cuenta plenamente de las consecuencias posibles de lo que había hecho intrépida y descuidadamente. Después de que estuvieran un rato en pie mirándose el uno al otro, con voz temblorosa empezó a decir:
-Señor, me doy cuenta de que le debo la explicación, compensación y restitución más completa Los muebles serán suyos. Permítame rogarle que sin malos modos y sin siquiera una irritación natura por su parte, podríamos tener un poco...
-... de algo para beber -le interrumpió el desconocido-. Estoy de acuerdo.
El señor Testator había pensado decir «un poca de conversación tranquila», pero con gran alivie aceptó la enmienda. Sacó una garrafa de ginebra estaba procurando conseguir agua caliente y azúcar cuando se dio cuenta de que el visitante se había bebido ya la mitad del contenido. Con el agua caliente y azúcar, la visita se bebió el resto antes de llevar una hora en la habitación según las campanas de la iglesia de Santa María del Strand; y durante el proceso susurraba frecuentemente para sí mismo: «¡mío! »
Cuando se acabó la ginebra y el señor Testator se preguntó lo que iba a suceder, el visitante se levantó y dijo con creciente rigidez:
-Señor, ¿a qué hora de la mañana resultará conveniente?
-¿A las diez? -se arriesgó a sugerir el señor Testator.
A las diez entonces, señor, en ese momento estaré aquí -afirmó y luego se quedó un rato contemplando ociosamente al señor Testator, para añadir-: ¡qué Dios le bendiga! ¿Y cómo está su esposa?
El señor Testator (que no se había casado nunca) respondió con gran sentimiento:
-Con gran ansiedad, la pobre, pero bien en otros aspectos.
Entonces el visitante se dio la vuelta y se marchó, cayéndose dos veces por las escaleras. Desde ese momento no volvió a saber de él. No supo si se había tratado de un fantasma, o de una ilusión espectral de la conciencia, o de un borracho que no tenía ninguna relación con el cuarto, o del dueño verdadero de los muebles, borracho, con una recuperación transitoria de la memoria; no supo si había llegado a salvo a casa, o no tenía casa alguna a la que ir; no supo si por el camino lo mató el licor, o si vivió en el licor para siempre; no volvió a saber nada de él. Ésta fue la historia, traspasada con los muebles y considerada auténtica por el que los recibió en una serie de habitaciones de la parte superior de la triste Lyons Inn.


Charles Dickens (Inglaterra, 1812 - 1870)

• Rima II

Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
y que no se sabe dónde
temblando se clavará;

hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde al polvo volverá;

gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y se ignora
qué playa buscando va;

luz que en cercos temblorosos
brilla, próxima a expirar,
y que no se sabe de ellos
cuál el último será;

eso soy yo, que al acaso
cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni a dónde
mis pasos me llevarán.


Gustavo Adolfo Bécquer
(Gustavo Adolfo Dominguez Bastida
España, 1836 - 1870)

• El huesped


La nieve había empezado a caer de repente a mediados de octubre, después de ocho meses de sequía, sin la transición de la lluvia, y los veinte alumnos que vivían en los pueblecitos diseminados por la meseta no iban a clase.

El Maestro miraba para los dos hombres que subían hacia él. Uno iba a caballo, el otro a pie. Todavía no habían llegado al abrupto repecho que llevaba a la escuela, edificada en la ladera de una colina. Avanzaban trabajosa y lentamente en la nieve, entre las piedras, por el inmenso espacio de la alta meseta desierta. De vez en cuando, el caballo tropezaba. Aún no se le oía, pero se veía muy bien el chorro de vapor que le salía por las fosas nasales. Uno de los hombres, al ,menos, conocía la región. Iban siguiendo la pista, a pesar de que había desaparecido desde hacía varios días bajo una capa blanca y sucia. El maestro calculó que no estarían en la colina antes de media hora. Hacía frío y se metió en la escuela para ponerse un jersey.
Cruzó la clase vacía y helada. En el encerado, los cuatro ríos de Francia, dibujados con cuatro tizas de colores diferentes, corrían hacia sus estuarios desde hacía tres días. Había que esperar el buen tiempo. Daru, el maestro, no calentaba más que el único cuarto que constituía toda su morada, contiguo a la clase cuya puerta daba al este de la meseta. La ventana, como las de la clase, daba también al mediodía. Por este lado, la escuela se encontraba a varios kilómetros del lugar en que la meseta comenzaba a descender hacia el sur. Con tiempo claro, se podían ver las masas violetas del contrafuerte montañoso donde se abría la puerta del desierto.

Después de entrar un poco en calor, Daru volvió a la ventana desde donde, por primera vez, había divisado a los dos hombres. Ahora ya no se les veía. Se hallaban, pues; subiendo el repecho. El cielo estaba menos oscuro: durante la noche había dejado de " nevar, Amaneció con una luz grisácea, que apenas había aumentado
a medida que el techo de nubes se elevaba. A las dos de la tarde; . hubiese dicho que si día acababa de comenzar. Pero esto era mejor que aquellos tres días en que la nieve espesa caía en medio de unas tinieblas incesantes, con pequeñas ráfagas de viento que hacían trepidar la doble puerta de la clase. Daru entonces se pasaba las horas muertas en su cuarto, del que no salía sino para ir al cobertizo a dar de comer a las gallinas o a buscar carbón. Afortunadamente, la camioneta de Tadjid, el pueblo más cercano Hacia el norte, había traído el suministro dos días antes de la tempestad.
Y volvería a pasar dentro de cuarenta y ocho horas. .
Por otra parte, Daru tenía con qué resistir un asedio con los sacos de trigo que llenaban la habitación y que la administración pública le dejaba en depósito para distribuir entre los alumnos cuyas familias habían sido víctimas de la sequía. En realidad, la desgracia había alcanzado a todos, pues todos eran pobres. Daru repartía a diario una ración a los niños, Y sabía muy bien que durante estos días malos les había faltado. Probablemente un padre o un hermano mayor vendría aquella tarde, y podría abastecer a todos de grano.
Lo que hacía falta era que pudieran resistir para empalmar con la cosecha siguiente, eso era todo. Ahora llegaban de Francia barcos cargados de trigo, lo más duro había pasado Pero sería difícil olvidar esta miseria, este ejército de fantasmas andrajosos errando bajo el sol, las mesetas calcinadas meses y meses enteros, la tierra contraída poco a poco, literalmente achicharrada, hasta el punto de que cada piedra se deshacía en polvo bajo los pies. Los corderos morían en esa época a millares, y también algunos hombres, acá y allá, sin que muchas veces se llegara a saberlo.
Ante esta miseria, él, que vivía casi como un monje en aquella escuela perdida, contento, por otra parte, con lo poco que tenía y de esta vida ruda, se sentía un señor, con sus paredes enlucidas, su estrecho diván, sus estantes de madera de pino, su pozo y su suministro semanal de agua y de alimentos. Y de repente esa nieve, sin ningún aviso, sin la transición de la lluvia. El país era así de cruel , para vivir en él, incluso sin los hombres que, por otra parte, no arreglaban nada. Pero Daru había nacido allí. En cualquier otro sitio se sentía exiliado.
Salió y dio unos pasos por el terraplén delante de la escuela, Los dos hombres habían llegado a la mitad de la cuesta. Daru reconoció en el jinete a Balducci, el viejo gendarme que conocía desde hacía mucho tiempo. Un árabe, con la cabeza baja y las manos atadas, caminaba detrás de Balducci, que sostenía el extremo de la cuerda. El gendarme saludó con un ademán al que Daru no contestó, ocupado como estaba en mirar al árabe vestido con una chilaba que en otro tiempo había sido azul, con unas sandalias y unos calcetines de gruesa lana cruda en los pies y una bufanda estrecha y corta, a modo de turbante, en la cabeza. Se iban acercando, Balducci mantenía el caballo al paso para no hacer daño al árabe, y el grupo avanzaba muy despacio.
A1 alcance de la voz, Balducci gritó:
-¡Una hora para andar los tres kilómetros de El Ameur hasta aquí!
Daru no contestó. Bajo y fornido, enfundado en su grueso jersey, miraba cómo subían. Ni una sola vez el árabe había levantado la cabeza.
-Hola -dijo Daru cuando llegaron al terraplén Entrad a calentaros un poco. Balducci se bajó con trabajo del caballo sin soltar la cuerda.
Sonrió al maestro con una sonrisa. que le salía de debajo de unos mostachos erizados. Sus ojillos oscuros, muy hundidos bajo una frente curtida, y su boca rodeada de arrugas le daban un aspecto atento y aplicado. Daru cogió las riendas, llevó el caballo al cobertizo y volvió a la escuela, donde le esperaban los dos hombres. Los hizo entrar en su cuarto.
-Voy a calentar la clase -dijo- Allí estaremos más anchos.
Cuando entró de nuevo en el cuarto, Balducci estaba sobre el diván. Había desatado la cuerda con que sujetaba al árabe este se había acurrucado junto a la estufa, Con las manos liadas, y el turbante echado para atrás, miraba hacia la ventana. Daru al principio sólo vio sus enormes labios, gruesos, lisos, casi negroides; la nariz sin embargo era recta, los ojos sombríos, llenos de fiebre. El turbante dejaba ver una frente obstinada, y bajo la piel curtida por el sol pero un poco descolorida por el frío, toda la cara tenía un aspecto a la vez inquieto y rebelde que impresionó a Daru cuando el árabe, volviendo la cara hacia él, lo miró fijamente a los ojos.
-Pasad ahí al lado -dijo el maestro-. Os voy a hacer té con menta.
-Gracias -dijo Balducci-. ¡Qué faena! ¡Viva el retiro! -Y dirigiéndose en árabe a su prisionero-: Tú, ven.
El árabe se levantó y, despacio, con las muñecas juntas por delante, entró en la clase.
Con el té, Daru llevó una silla. Pero Balducci se había instalado ya en el primer pupitre de la clase y el árabe se había acurrucado contra la tarima del maestro, frente a la estufa que había entre la mesa y la ventana. Cuando tendió el vaso de té al prisionero, Daru dudó ante sus manos atadas.
-Tal vez se le pueda desatar.
-Desde luego -dijo Balducci-. Era para el viaje.
E hizo ademán de levantarse. Pero Daru, dejando el vaso en el suelo, se había arrodillado ya junto al árabe. Este, sin decir nada, miraba cómo lo desataban con sus ojos calenturientos. Una vez las manos libres, se frotó las muñecas hinchadas una contra otra, cogió el vaso de té y sorbió el líquido abrasador, a tragos cortos y rápidos
--Bueno -dijo Daru-. ¿Dónde vais así?
Balducci dejó de beber: -Aquí, hijo.
-¡Qué alumnos más raros! ¿Vais a dormir aquí?
-No. Yo me vuelvo a El Ameur. Y tú entregarás al camarada en Tinguit. Lo esperan en la gendarmería.
-¿Qué estás diciendo? -dijo el maestro-. ¿Te burlas de mí? -No, hijo. Son órdenes.
-¿Ordenes? Yo no soy.... -Daru dudó; no quería afligir al viejo corso
- Bueno quiero decir que no es ese mi oficio.
-¡Eh! ¿Que quieres decir? En tiempo de guerra se hacen todos los oficios
-¡Entonces esperaré la declaración de la guerra' Balducci asintió con la cabeza.
-Bueno. Pero las órdenes son las órdenes y también te atañen a ti. Parece ser que hay jaleo. Se habla de una rebelión próxima. Estamos movilizados, en cierto sentido.
Daru seguía con su aire obstinado.
Escucha, hijo -dijo Balducci-. Me resultas simpático y tienes que comprender. En El Ameur somos sólo una docena de hombres y tenemos que patrullar por todo el territorio de un departamento, aunque sea pequeño, así que tengo que volver. Me han dicho que te confíe a este individuo y que vuelva inmediatamente. No podíamos custodiarlo allá abajo. Su pueblo se agitaba y querían llevárselo. Tú debes conducirlo a Tinguit durante el día de mañana. No son veinte kilómetros los que van a asustar a un buen mozo como tú. Después, todo habrá terminado. Volverás a la escuela con tus alumnos y a la buena vida.
Fuera, oyeron al caballo resoplar y pisotear el suelo con los cascos. Daru miraba por la ventana. Decididamente, el tiempo se levantaba, la luz se extendía por la meseta nevada. Cuando se hubiera derretido toda la nieve, el sol volvería a reinar y abrasaría una vez más los campos de piedra. Durante días, el cielo inalterable derramaría su luz seca sobre la inmensidad solitaria donde nada hacía pensar en el hombre.
-Bueno -dijo volviéndose hacia Balducci-, ¿qué es lo que ha hecho? -Y prosiguió antes de que el gendarme hubiera abierto la boca-: ¿Habla francés?
-No, ni una palabra. Lo buscaban desde hacía un mes, pero los demás lo escondían. Ha matado a su primo.
- Está contra nosotros?
-No lo creo. Pero nunca se sabe. -¿Por qué lo mató?
-Asuntos de familia, supongo. Uno debía trigo al otro, según parece. La cosa no está clara. Total, que ha matado a su primo dándole un golpe con una podadera. Te das cuenta, como un cordero, ¡zas!...
Balducci hizo un ademán como si se pasara una cuchilla por cuello, mientras el árabe lo seguía atentamente lo miraba con cierta inquietud. A Daru le entro una ira repentina contra aquel hombre, contra todos los hombres y su asquerosa maldad, sus odios incansables, sus locuras sangrientas.
Pero la pava del agua caliente silbaba en la estufa. Daru volvió a servir te a Balducci, y después de dudar un momento sirvió también al árabe, que por segunda vez lo bebió con avidez. Tenia los brazos levantados y el maestro pudo ver su pecho delgado y musculoso por la chilaba entreabierta.
—Gracias, chico —dijo Balducci—. Ahora, yo me largo.
Se levanto y se dirigió hacia el árabe, sacándose una cuerda del bolsillo.
—¿Que vas a hacer? —pregunto Daru con sequedad.
Balducci, desconcertado, le enseño la cuerda.
—No vale la pena.
El viejo gendarme dudo:
—Como quieras. Supongo que estas armado.
—Tengo un fusil de caza.
—¡donde!
—En el baúl.
—Deberías tenerlo cerca de la cama.
—por que? No tengo nada que temer.
—Estas chalado, hijo. Si se sublevan, nadie estará seguro, todos estamos metidos en el mismo saco.
—Me defenderé. Tengo tiempo de verlos llegar.
Balducci se echo a reír, y luego el bigote le cubrió de repente unos dientes todavía blancos.
—¿Que tienes tiempo? Bueno. Lo que yo decía. Siempre te ha faltado un tornillo. Por eso me resultas simpático; mi hijo era así.
Al mismo tiempo saco su revolver y lo dejo sobre la mesa. —Toma, yo no tengo necesidad de dos armas para ir de aquí a El Ameur.
El revolver brillaba sobre la pintura negra de la mesa. Cuando el gendarme se volvió hacia el, el maestro sintió un olor a cuero y a caballo.
—Mira, Balducci —dijo Daru de repente—, todo esto me repugna, y ese tipo el primero. Pero no lo entregaré. Luchar si, si hace falta. Pero esto no.

El viejo gendarme estaba ante el y lo miraba con severidad.
—No hagas tonterías —dijo despacio—. A mi tampoco me gusta todo esto. Uno no se acostumbra a atar a un hombre, a pesar de los años, y hasta se tiene vergüenza, si. Pero no se les puede dejar que hagan lo que quieran.
—Yo no lo entregaré —repitió Daru.
—Es una orden, hijo. Te lo repito.
—Eso es. Repíteles lo que te he dicho: yo no lo entregaré.
Visiblemente, Balducci se esforzaba por reflexionar. Miro al árabe y a Daru. Al fin se decidió:
—No. No les diré nada. Si tu no quieres ayudarnos, allá tu, yo no te denunciaré. Solo tengo orden de entregarte el prisionero, y es lo que hago. Ahora vas a firmarme el papel.
—No hace falta. No negaré que me lo has dejado.
—No seas malo conmigo. Se que dirás la verdad. Eres de aquí, eres un hombre. Pero debes firmar, lo exige el reglamento.
Daru abrió un cajón, saco un frasquito cuadrado de tinta morada, el portaplumas de mango Colorado con la plumilla, que le servia para trazar los modelos de caligrafía, y firmó. El gendarme doblo cuidadosamente el papel y se lo guardó en la cartera. Después se dirigió hacia la puerta.
—Te acompaño —dijo Daru.
—No —replicó Balducci—. No hace falta que andes con cumplidos. Me has ofendido.
Balducci miro al árabe, inmóvil, en el mismo sitio, sorbió por la nariz con aire apesadumbrado y se volvió hacia la puerta.
—Adiós, hijo.
La puerta se batió detrás de el. Balducci surgió delante de la ventana y después desapareció. La nieve ahogaba sus pasos. El caballo se agitó detrás de la pared, unas gallinas se espantaron. Al poco rato, Balducci volvió a pasar por delante de la ventana tirando del caballo por la brida. Caminaba hacia el repecho, sin volverse, y desapareció seguido del caballo. Se oyó el ruido de una piedra grande que rodaba perezosamente. Daru se volvió hacia el prisionero, que no se había movido, pero que no dejaba de mirarlo.
—Espera—dijo el maestro en árabe. Y se dirigió hacia su cuarto. En el momento de pasar el umbral, cambio de parecer, fue a la mesa, cogió el revolver y se lo metió en el bolsillo. Después, sin volverse, entro en su habitación.
Durante mucho tiempo, se quedo echado en el diván mirando al cielo que se oscurecía poco a poco, escuchando el silencio. Ese silencio que los primeros días de su llegada, después de la guerra, le había parecido tan penoso. En aquella época, había pedido un puesto en la pequeña ciudad al pie de los contrafuertes que separan la altiplanicie del desierto. Allí, unas murallas rocosas, verdes y negras al norte, rosas o malvas al sur, marcaban la frontera del eterno verano. Pero lo habían nombrado para un puesto mas al norte, en la misma meseta. Al principio, la soledad y el silencio le habían resultado muy duros en aquellas tierras ingratas, habitadas solamente por las piedras. A veces, la existencia de unos surcos hacia pensar en tierras cultivadas, pero en realidad los surcos habían sido excavados para sacar a la luz del día cierta piedra propicia para la construcción. Allí solo se labraba para cosechar pedruscos. Otras veces, raspaban algunas pellas de tierra, acumuladas en las hondonadas, para abonar los áridos jardines de los pueblos. Solamente la piedra cubría las tres cuartas partes de este país, en el que las ciudades nacían, brillaban y desaparecían; los hombres pasaban, se amaban o se mordían la garganta, y después morían. En este desierto, nadie, ni el ni su huésped, eran nada. Y sin embargo, fuera de este desierto, ni uno ni otro, Daru lo sabia muy bien, hubiera podido vivir verdaderamente.
Cuando se levanto, ningún ruido se oía en la sala de clase. Daru se quedo asombrado ante la franca alegría que sentía solo de pensar que el árabe hubiera podido escaparse y que iba a encontrarse solo sin tener que decidir nada. Pero el prisionero seguía allí. Se había echado cuan largo era entre la estufa y la mesa, con los ojos muy abiertos, mirando al techo. En esta posición se le veían sobre todo los gruesos labios, que le daban un aspecto enojado.
—Ven —dijo Daru. El árabe se levanto y lo siguió. En la habitación, el maestro señaló una silla al lado de la mesa, bajo la ventana. El árabe se sentó sin dejar de mirar a Daru—. ¿Tienes hambre?
—Si —dijo el prisionero.
Daru puso dos cubiertos sobre la mesa. Cogió harina y aceite, amaso en una fuente una torta y encendió el homo de butano.
Mientras la torta se cocía, Daru fue al cobertizo a buscar queso, huevos, dátiles y leche condensada. Cuando la torta estuvo cocida, la puso a enfriar en el alfeizar de la ventana, calentó un poco de leche condensada desleída en agua y, para terminar, batió los huevos para hacer una tortilla. En uno de estos movimientos, su mano tropezó con el revolver que llevaba en el bolsillo derecho. Dejo el tazón con los huevos, pasó a la clase y metió el revolver en el cajón de su mesa. Cuando volvió a la habitación, estaba anocheciendo. Encendió la luz y sirvió al árabe.
—Come —dijo.
El otro cogió un trozo de torta, se lo llevo con viveza a la boca y se detuvo.
—<;Y tu? —pregunto. —Primero tu. Yo comeré después. Los labios gruesos se abrieron un poco, el árabe dudo, y termino por morder resueltamente la torta. Cuando termino de comer, miro al maestro. —¿Eres tu el juez? —No, yo tengo que vigilarte hasta mañana. —¿Por que comes conmigo? —Porque tengo hambre. El otro se calló. Daru se levanto y salió. Trajo un catre del co­bertizo, lo colocó entre la mesa y la estufa, perpendicularmente a su propia cama, y de una maleta grande que, de pie en un rincón, le servia de estante para sus papeles saco dos mantas que dispuso sobre el catre. Después se paró y, al no tener otra cosa en que ocuparse, se sentó en la cama. Ya no había nada que preparar ni que hacer, sino mirar a aquel hombre. Y se puso a mirarlo, tratando de imaginarse aquella cara arrebatada por la ira. Pero no lo conseguía. Solamente veía la mirada a la vez sombría y brillante, y la boca de animal. —¿Por que lo mataste? —dijo con una voz cuya hostilidad le sorprendió. El árabe desvió la mirada. —Se escape. Y yo corrí detrás de el. —Volvió a mirar a Daru con unos ojos llenos de una especie de interrogación angustiada—. Ahora, ¿que van a hacerme? —¿Tienes miedo? El otro se atieso, desviando la vista. —¿Sientes lo que hiciste? El árabe lo miro con la boca abierta. Era evidente que no comprendía. La irritación invadía a Daru. Al mismo tiempo, se sentía torpe y embarazado, sin poderse mover entre las dos camas. —Acuéstate aquí —dijo con impaciencia—. Es tu cama. El árabe no se movió. Interpelo a Daru: —¡dime! El maestro lo miro. —¿Vuelve mañana el gendarme? —No lo se. —¿Tu vienes con nosotros? —No lo se. ¿Por que? El prisionero se levanto y se echo sobre las mantas, con los pies hacia la ventana. La luz de la bombilla le daba directamente en los ojos, y los cerró en seguida. —¿Por que? —repitió Daru, plantado delante de la cama. El árabe abrió los ojos bajo la luz deslumbradora y lo miro, esforzándose en no pestañear. —Vente con nosotros —dijo. En medio de la noche, Daru no conseguía dormir. Se había metido en la cama después de desnudarse completamente: tenía la costumbre de dormir desnudo. Pero cuando se encontró en su cuarto sin ninguna ropa, dudó. Se sentía vulnerable y estuvo tentado de volverse a vestir. Pero se encogió de hombros; ya se había visto en situaciones peores, y si hiciera falta descalabraría a su adversario. Desde la cama podía observarlo, echado de espaldas, inmóvil, con los ojos cerrados bajo la intensa luz. Cuando Daru la apagó, pareció que las tinieblas se congelaban de repente. Poco a poco, la noche fue recobrando vida en la ventana donde el cielo sin estrellas se movía suavemente. El maestro distinguió en seguida el cuerpo extendido ante el. El árabe seguía sin moverse, pero sus ojos parecían estar abiertos. Un viento ligero rondaba alrededor de la escuela. Tal vez terminaría por alejar las nubes y volvería a brillar el sol. Durante la noche, el viento aumentó. Las gallinas se alborotaron un poco, después se callaron. El árabe se volvió de costado, dando la espalda a Daru, y a este le pareció oírlo gemir. Entonces acecho su respiración, mas fuerte y mas regular que hacia un momento. Daru oía ese aliento tan cercano y soñaba sin poderse dormir. En la habitación en que, desde hacia un año, dormía solo, aquella presencia le molestaba. Pero también le molestaba porque le imponía una especie de fraternidad que el rechazaba en las circunstancias actuales y que conocía muy bien: los hombres que comparten los mismos dormitorios, ya sean soldados o prisioneros, contraen un lazo extraño como si, al quitarse las armaduras con la ropa, se hermanaran cada noche, por encima de sus diferencias, en la vieja comunidad del sueño y del cansancio. Pero Daru se agitaba, no le gustaban esas tonterías, tenia que dormir. Algo mas tarde, sin embargo, cuando el árabe se movió imperceptiblemente, el maestro seguía sin conciliar el sueño. Al segundo movimiento del prisionero, se puso tenso, en guardia. El árabe se incorporaba muy despacio sobre sus brazos, con un movimiento casi de sonámbulo. Sentado en la cama, esperó, inmóvil, sin volver la cara hacia Daru, como si escuchara atentamente. Daru no se movió: acababa de darse cuenta de que se había dejado el revolver en el cajón de la mesa de la clase. Era mejor actuar rápidamente. Sin embargo, continuó observando al prisionero que, con el mismo movimiento cauteloso, ponía los pies en el suelo, esperaba un poco y empezaba a levantarse lentamente. Daru iba a llamarlo cuando el árabe echó a andar, con un paso natural esta vez, pero extra-ordinariamente silencioso. Se dirigía hacia la puerta del fondo que daba al cobertizo. Hizo girar el picaporte con precaución y salió empujando la puerta tras el, sin cerrarla del todo. Daru no se había movido. Se escapa, pensó. ¡Menudo alivio! Sin embargo, aguzó el oído. Las gallinas no se movían: el árabe se hallaba, pues, en la meseta. Entonces le llegó un débil ruido de agua, y solo comprendió lo que era, en el momento en que el árabe apareció de nuevo en el marco de la puerta, la cerró con cuidado y se acostó sin hacer ruido. Daru se volvió de espaldas y se durmió. Algo mas tarde, le pareció oír, en lo profundo de su sueño, unos pasos furtivos alre­dedor de la escuela. estoy soñando, estoy soñando!, se repetía. Y efectivamente estaba dormido. Cuando se despertó, el cielo estaba despejado; por la ventana mal encajada entraba un aire frió y puro. El árabe dormía, acurrucado ahora bajo las mantas, con la boca abierta, totalmente confiado. Pero cuando Daru lo zarandeó, se sobresaltó y miró a Daru sin reconocerlo, con unos ojos de loco y una expresión tan asustada que el maestro dio un paso atrás. —No tengas miedo. Soy yo. Vamos a comer. El árabe asintió con la cabeza y dijo que si. Su rostro había recobrado la serenidad, pero su expresión permanecía ausente y distraída. El café estaba preparado. Lo bebieron, sentados ambos en el catre, y comieron unos trozos de torta. Después, Daru llevo al árabe al cobertizo y le enseño el grifo donde el se lavaba todos los días. Volvió al cuarto, dobló las mantas, recogió el catre, hizo su cama y ordeno la habitación. Entonces salió al terraplén pasando por la escuela. El sol se elevaba ya en el cielo azul; una luz tierna y viva inundaba la meseta desierta. En el repecho la nieve empezaba a derretirse. Las piedras volverían a aparecer. En cuclillas al borde de la meseta, el maestro contemplaba la inmensidad del desierto. Pensaba en Balducci. Le había apenado, le había echado de allí, en cierto modo, como si no quisiera que lo metieran en el mismo saco que a el. Aun oía el adiós del gendarme y, sin saber por que, se sentía extrañamente vació y vulnerable. En este momento, al otro lado de la escuela, el prisionero tosió. Daru lo oyó, casi a pesar suyo; después, furioso, tiro una piedra que silbo en el aire antes de hundirse en la nieve. El crimen idiota de este hombre le sublevaba, pero entregarlo era contrario al honor: tan solo con pensarlo se volvía loco de humillación. Y maldecía a la vez a los suyos, que le enviaban a aquel árabe, y a este, que se había atrevido a matar y no había sabido escaparse. Daru se levantó, dio unas vueltas por el terraplén, espero, inmóvil, y entró en la escuela. El árabe, inclinado sobre el suelo de cemento del cobertizo, se lavaba los dientes con dos dedos. Daru le miro: —Ven —dijo. Y entro en la habitación, delante del prisionero. Se puso una cazadora encima del jersey y se calzó las botas de marcha. Después espero de pie a que el árabe se hubiera puesto el turbante y las sandalias. Entraron en la escuela y el maestro señalo la salida a su compañero—. Vete. —El otro no se movió—. Ahora vengo _ dijo Daru. El árabe salió. Daru volvió a entrar en la habitación e hizo un paquete con tostadas de pan, dátiles y azúcar. En la clase, antes de salir, dudo un segundo ante su mesa, después atravesó el umbral de la escuela y cerro la puerta.- Por ahí -dijo. Y tomo la dirección del este, seguido por el prisionero. Pero a poca distancia de la escuela, le pareció oír un ligero ruido detrás de el. Volvió sobre sus pasos e inspecciono los alrededores de la casa: no había nadie. El árabe le miraba sin comprender lo que hacia—. Vamos —dijo Daru. Caminaron durante una hora y descansaron junto a una especie de pico calcáreo. La nieve se derretía cada vez mas de prisa, el sol absorbía inmediatamente los charcos, limpiaba a toda velocidad la meseta que, poco a poco, se secaba y vibraba lo mismo que el aire. Cuando de nuevo se pusieron en camino, la tierra resonaba bajo sus pasos. A lo lejos, un pájaro hendía el espacio ante ellos con un trino alegre. Daru bebía, respirando profundamente, la fresca luz matutina. Una especie de exaltación nacía en el bajo el gran espacio familiar, casi enteramente amarillo ahora, bajo su casquete de cielo azul. Anduvieron una hora mas, bajando hacia el sur. Llegaron a una especie de eminencia achatada formada por rocas friables. A partir de allí, la meseta descendía, al este, hacia una llanura baja donde se podían distinguir algunos árboles medio secos y, al sur, hacia unos montones de rocas que daban al paisaje un aspecto atormentado. Daru inspecciono las dos direcciones. No había mas que el cielo en el horizonte, no se veía a ningún hombre. Daru se volvió hacia el árabe, que lo miraba sin comprender, y le tendió un paquete: —Toma —dijo—. Son dátiles, pan y azúcar. Te llegara para dos días. Toma mil francos también. —El árabe cogió el paquete y el dinero y se quedo con las manos llenas a la altura del pecho como si no supiera que hacer con lo que le daban—. Mira ahora —dijo el maestro, y señalaba la dirección del este—, ese es el camino de Tinguit. Son dos horas de marcha. En Tinguit están la administración y la policía. Te esperan. —El árabe miraba hacia el este, apretando contra si el paquete y el dinero. Daru le cogió del brazo y, con cierta brusquedad, le hizo dar media vuelta hacia el sur. Al pie de la altura en que se encontraban, se adivinaba un camino apenas bosquejado—. Esa es la pista que atraviesa la meseta. A un día de marcha de aquí encontraras los pastes y los primeros nómadas. Te acogerán y te darán refugio, según sus leyes. El árabe se había vuelto ahora hacia Daru y su rostro reflejaba pánico: —Oye —dijo. Daru meneo la cabeza: —No, cállate. Ahora, yo te dejo. Le volvió la espalda, dio dos pasos en dirección de la escuela, miró con cierta indecisión al árabe inmóvil y se alejó. Durante unos minutos, no oyó mas que sus propios pasos, que resonaban sobre la tierra fría, y no volvió la cabeza. Al cabo de un momento, sin em­bargo, se volvió. El árabe seguía allí, al borde de la colina, con los brazos caídos, mirando al maestro. Daru sintió que se le hacia un nudo en la garganta. Pero renegó con impaciencia, hizo un ademán y echo a andar de nuevo. Ya estaba lejos cuando se detuvo otra vez y miro hacia atrás. No había nadie en la colina. Daru dudo. El sol estaba ya bastante alto en el cielo y comenzaba a devorarle la frente. El maestro volvió sobre sus pasos, al principio un poco incierto, después con decisión. Cuando llegó a la pequeña colina, chorreaba de sudor. Subió por ella a toda velocidad y se detuvo, echando los bofes, en la cima. Los campos de roca, al sur, se dibujaban claramente sobre el cielo azul, pero en el llano, al este, un vaho de calor empezaba a subir. Y en esta bruma ligera, Daru, con el corazón en un puño, divisó al árabe que caminaba lentamente por el camino de la cárcel. Un poco mas tarde, plantado delante de la ventana de la clase, el maestro miraba sin ver la luz naciente que brincaba desde las alturas del cielo sobre toda la superficie de la meseta. Detrás de el, en el encerado, trazada con tiza por una mano torpe, entre los meandros de los ríos franceses, se extendía la inscripción que el maestro acababa de leer: «Has entregado a nuestro hermano. Lo pagarás». Daru miraba el cielo, la meseta y, mas allá, las tierras invisibles que se extendían hasta el mar. En aquel vasto país que tanto había amado, Daru estaba solo.



Albert Camus (Argelia, 1913 - 1960)

• Rima I

Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirle, del hombre
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.

Pero en vano es luchar, que no hay cifra
capaz de encerrarle; y apenas, ¡oh, hermosa!,
si, teniendo en mis manos las tuyas,
pudiera, al oído, cantártelo a solas.


Gustavo Adolfo Bécquer
(Gustavo Adolfo Dominguez Bastida
España, 1836 - 1870)